Anacreóntica I de Tomás de Iriarte

cupido flechador
Viéndome Cupido
estar padeciendo
por la bella Orminta
sin fruto, sin premio,
compasivo quiso,
por extraño medio,
aliviar mis penas
un breve momento.
Cuando al sueño daba
mis cansados miembros,
a una falsa imagen
debí algún consuelo.
Soñé que mi esquivo,
que mi hermoso dueño,
el dueño a quien siempre
querré, quise y quiero,
no era de mil gracias
perfecto modelo,
ni en él advertía
belleza ni ingenio.
Soñé que aquel rostro,
que fue mi embeleso,
sonrosado no era,
ni rubio el cabello.
Soñé que sus labios
no eran tan bermejos,
ni sus garzos ojos
grandes y despiertos;
que no era su risa,
la risa de Venus,
ni el eco de su habla
grato y halagüeño.
Soñé que en el baile
sus pies no eran diestros,
que en nada tenían
sus manos acierto,
que no era su talle
noble y bien dispuesto,
ni su andar airoso,
ni su trato ameno.
«¡Qué! (dije), ¿y es ésta
la que estoy queriendo?
Olvidarla es fácil
y amarla era yerro.»
Al amor tirano
despido contento;
aplaudo mi dicha,
y entonces despierto.
Mi engaño conozco,
Orminta, y ya quedo
bien escarmentado
de creer en sueños.
 

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