El canario y el grajo de Tomás de Iriarte

fábulas de Tomás de Iriarte

El que para desacreditar a otro recurre a medios injustos, suele desacreditarse a sí propio


Hubo un canario que, habiéndose esmerado en adelantar en su canto, logró divertir con él a varios aficionados, y empezó a tener aplauso. Un ruiseñor extranjero, generalmente acreditado, hizo particulares elogios de él, animándole con su aprobación.

Lo que el canario ganó, así con este favorable voto como con lo que procuró estudiar para hacerse digno de él, excitó la envidia de algunos pájaros. Entre éstos, había unos que también cantaban, bien o mal, y justamente por ello le perseguían. Otros nada cantaban, y por lo mismo le cobraron odio. Al fin, un grajo, que no podía lucir por sí, quiso hacerse famoso con empezar a chillar públicamente entre las aves contra el canario. No acertó a decir en qué cosa era defectuoso su canto; pero le pareció que, para desacreditarle, bastaba ridiculizarle el color de la pluma, la tierra en que había nacido, etc., acusándole sin pruebas de cosas que nada tenían que ver con lo bueno o malo de su canto. Hubo algunos pájaros de mala intención, que aprobaron y siguieron lo que dijo el grajo.

Empeñóse éste en demostrar a todos que el que habían tenido hasta entonces por un canario diestro en el canto, no era sino un borrico, y que lo que en él había pasado por verdadera música, era en la realidad un continuado rebuzno. «¡Cosa rara! -decían algunos-: el canario rebuzna; el canario es un borrico». Extendióse entre los animales la fama de tan nueva maravilla, y vinieron a ver cómo un canario se había vuelto burro.

El canario, aburrido, no quería ya cantar; hasta que el águila, reina de las aves, le mandó que cantase, para ver si, en efecto, rebuznaba o no; porque, si acaso era verdad que rebuznaba, quería excluirle del número de sus vasallos los pájaros. Abrió el pico el canario, y cantó a gusto de la mayor parte de los circunstantes. Entonces el águila, indignada de la calumnia que había levantado el grajo, suplicó a su señor, el dios Júpiter, que le castigase. Condescendió el dios, y dijo al águila que mandase cantar al grajo. Pero cuando éste quiso echar la voz, empezó por soberana permisión a rebuznar horrorosamente. Riéronse todos los animales y dijeron: «Con razón se ha vuelto asno el que quiso hacer asno al canario».

El guacamayo y el topo de Tomás de Iriarte

fábulas de Tomás de Iriarte

Por lo general, pocas veces aprueban los autores las obras de los otros por buenas que sean; pero lo hacen los inteligentes que no escriben


Mirándose al soslayo
las alas y la cola un guacamayo
presumido, exclamó: «¡Por vida mía,
que aun el topo, con todo que es un ciego,
negar que soy hermoso no podría!»
Oyólo el topo y dijo: «No lo niego;
pero otros guacamayos por ventura
no te concederán esa hermosura».

El favorable juicio
se ha de esperar más bien de un hombre lego,
que de un hombre capaz, si es del oficio.

El canario y otros animales de Iriarte

Fábulas de Tomás de Iriarte

Hay muchas obras excelentes que se miran con la mayor indiferencia


De su jaula un día
se escapó un canario
que fama tenía
por su canto vario.
«¡Con qué regocijo
me andaré viajando
y haré alarde -dijo-
de mi acento blando!»
Vuela con soltura
por bosques y prados,
y el caudal apura
de dulces trinados.
Mas ¡ay!, aunque invente
el más suave paso,
no encuentra viviente
que de él haga caso.
Una mariposa
le dice burlando:
«Yo de rosa en rosa
dando vueltas ando.
Serás ciertamente
un músico tracio;
pero busca oyente
que esté más despacio».
«Voy -dijo la hormiga-
a buscar mi grano;
mas usted prosiga,
cantor soberano».
La raposa añade:
«Celebro que el canto
a todos agrade;
pero yo entretanto
(esto es lo primero)
me voy acercando
hacia un gallinero
que me está esperando».
«Yo -dijo un palomo-
ando enamorado,
y así el vuelo tomo
hasta aquel tejado.
A mi palomita
es ya necesario
hacer mi visita;
perdone el canario».
Gorjeando estuvo
el músico grato,
mas apenas hubo
quien le oyese un rato.

¡A cuántos autores
sucede otro tanto!

El mono y el elefante de Tomás de Iriarte

fábulas de Tomás de Iriarte

Muchos autores celebran solamente sus propias obras y las de sus amigos o condiscípulos

A un congreso de varios animales
con toda seriedad el mono expuso
que, a imitación del uso
establecido entre hombres racionales,
era vergüenza no tener historia
que, al referir su origen y sus hechos,
instruirles pudiese y darles gloria.
Quedando satisfechos
de la propuesta idea,
el mono se encargó de la tarea,
y el rey león, en pleno consistorio,
mandó se le asistiese puntualmente
con una asignación correspondiente,
además de los gastos de escritorio.
Pide al ganso una pluma
el nuevo autor; emprende su faena,
y desde luego en escribir se estrena
una histórica suma,
que sólo contenía los anales
suyos y de los monos compañeros;
mas, pasando después años enteros,
nada habló de los otros animales,
que esperaron en vano
volver a ver más letra de su mano.
El elefante, como sabio, un día
por tan grave omisión cargos le hacía,
y respondióle el mono: «No te espantes,
pues aun en esto a muchos hombres copio.
Obras prometo al público importantes,
y al fin no escribo más que de mí propio».
 

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